El Calor

En verano me gusta pasearme por un campo de cereales o por un olivar, al medio día, cuando estamos a cuarenta o más grados, en nuestra tierra, porque el calor aprieta y golpea de una manera que la siento agradable. Los insectos chirrían y son el único sonido que se puede escuchar, el sol golpea fuerte y llega un momento en que el equilibrio entre lo que eliminas por los poros y la temperatura es tal que no sudas, porque el calor evapora tu sudor antes de que aparezca, y en ese equilibrio, en esa sensación de calor arropándome y envolviéndome encuentro un bienestar que me hace sentir bien, libre de preocupaciones y relajado, es entonces cuando paseo tranquilamente y puedo estar hasta la caída de la tarde sin sentir preocupaciones ni necesidades de ningún tipo, ni siquiera cuando fumaba echaba de menos el tabaco.

No sé por qué ni qué tipo de asociación hace mi cerebro, pero me lleva a mi infancia y me traslada a un sentimiento de felicidad y tranquilidad, cuando era párvulo, cuando libre de preocupaciones paseaba y corría descubriendo nuevas sensaciones bajo el sol abrasador, por eso paseo tranquilo y relajado. Me gusta además ir solo, sin gente, y por las circunstancias, no suelo encontrarme a nadie, salvo alguna vez un guardia que en su coche con aire se acerca a ver si estoy bien o me mira con cara extraña. La gente me suele decir:

- Chiquillo, a estas horas dónde vas, te va a dar algo...

Cuando me paro a pensar, delante de un sembrado, me acuerdo de mi amigo Filo grande, de Albacete, hermano de mi amigo Filo pequeño, que ya descansa como comenté en otro escrito. Una vez andábamos por el campo, bajo el calor de la sierra rondeña, llevaba mi corneta e iba practicando, al cruzar un sembrado se me cayó la boquilla y estuvimos más de una hora buscando entre él, entre las espigas, escudriñando sin éxito. Disgustado, miraba mi corneta inservible con cara de preocupación de vuelta al Patronato por un sendero cuesta abajo mientras anochecía.

- No te preocupes, alégrate, a partir de ahora, cada vez que veas un sembrado te acordarás de tu boquilla, y de tu corneta, y el día de mañana te acordarás de mi...

Empecé a reírme, le decíamos Filo por filósofo, así era él, sentenciaba con

sus frases tan profundas. Empecé a soplar y practicar y en el trayecto aprendí a tocar la corneta sin boquilla, no sonaba igual, pero sonaba. En los días siguientes cogí todos los tubos huecos que llegaban a mis manos y me los llevaba a la boca, los amoldaba y emitía sonidos haciéndolos sonar como si fueran cornetas, algunos sonaban muy bien..., en dos días dejé cojas las sillas de la clase buscando el tubo idóneo que emitiera los sonidos adecuados, se montó un follón tremendo y pensaron en una gamberrada, el jefe de estudios andaba de un lado para otro buscando culpables pero yo no me veía como tal, la verdad no me di cuenta, estaba obsesionado con encontrar el tubo ideal, y las patas de las sillas eran huecas, idóneas, y con una acústica envidiable. Filo grande me miraba desde lejos y sonreía cuando me veía salir de clase e ir detrás del edificio con los tubos debajo del jersey.

- Espero que encuentres pronto tu tubocorneta ideal, vas a dejar a primero sin sillas...

El sábado siguiente compré una boquilla nueva en el pueblo, tuvieron que traer sillas del comedor a las clases de primero.

- Tocabas mejor sin boquilla...

(...)

Ya no me importa lo que me digan ni lo que piense la gente, a mí me gusta el paseo en verano, por el campo, en horas centrales del día y cuando hace calor, cuando se escuchan los insectos. Dicen que los que somos ASI somos capaces de aguantar las condiciones más extremas, que somos capaces de correr maratones, de practicar deportes de resistencia, de andar y cargar durante días sin quejarnos y resistir duros momentos, puede ser, cuando me dio por correr, corría durante horas, en los trabajos, trabajaba a destajo, en el ejército, me fui a la unidad de élite más dura, siempre, a los sitios más duros y más sacrificados, recuerdo cuando con dieciocho me empastaron ocho muelas sin anestesia porque así se lo pedí al dentista, que mientras pudiera siguiera sin ponerme la inyección.

- No he visto nada igual en mi vida chaval, la verdad, no lo entiendo.

Cuando leo y escucho a otros ASI, sobre este tema, entiendo que al igual que yo, no es que seamos más duros, o que seamos más fuertes, al contrario, sufrimos igual o más. Simplemente, he llegado a la conclusión particular y puede que me equivoque, que no sabemos quejarnos, no sabemos porque no nos enseñaron, o no nos dejaron, no aprendimos o no le vemos sentido o resultado, porque de pequeño no nos sirvió, o quizás por la indefensión aprendida esta que está tan de moda nombrarla ahora entre la gente que nos estudia, de ahí nuestra brutalidad para con el dolor y para con el esfuerzo sin oponer resistencia. Esto unido en algunos casos al auto castigo supone un cóctel impresionante. El caso, sea lo que sea, es que estamos acostumbrados al aguante, a aguantar, sea cual sea la etiología, la causa o el motivo, es curioso, pero es otra cosa común entre nosotros, en cada encuentro descubrimos cosas nuevas que nos son comunes, por eso me gustan los encuentros.

José Luis Álvarez